La autorepresentación histórica, basada en el mito, de la Revolución no tiene precedentes. Es una mezcla de narcisismo político, conservación histórica de la Revolución e iconografía que a veces se eleva a lo religioso. La Revolución cubana, sin embargo, se desmitifica a sí misma y al final no es más que otro ejemplo de socialismo que no funciona.
El yate «Granma», en el que Fidel Castro y sus rebeldes se trasladaron de México a Cuba, se exhibe como una reliquia de gran tamaño en una casa de cristal. Los agujeros de bala del cuartel Moncada de Santiago de Cuba, donde se inició la revolución en un primer intento el 26 de julio de 1953, se restauran cuidadosamente cada año. Sin olvidar el tren blindado de los Batistas, que el Che Guevara capturó al final de la guerra de liberación en la capital provincial de Santa Clara. Una imponente pieza de museo. La tumba erigida allí para el «Comandante Che Guevara» es correspondientemente monstruosa. Ningún archivo, ninguna reliquia de la guerra de liberación en la Sierra Maestra es demasiado pequeño, demasiado cutre o demasiado banal para servir de escaparate histórico para la mitificación de la revolución. El recurso histórico, que apenas falta en ninguno de los discursos del Líder Máximo (Fidel Castro), está ahí para mantener vivos los mitos de la revolución cubana.

La Revolución Cubana es uno de los acontecimientos más poderosos de América Latina. La Revolución Cubana fue, en efecto, la transformación política y social más profunda de la historia reciente de América Latina. Funcionó como revolución rectora de toda una época: al igual que las revoluciones francesa o rusa, representó el punto de referencia tanto para los partidarios como para los opositores. Dio forma concreta a las esperanzas y aspiraciones de emancipación de millones de personas.
Además, la Revolución Cubana ejerció una gran y trascendental influencia en otros movimientos sociales de América Latina: La autorepresentación propagandística de la revolución como un levantamiento campesino y guerrillero determinó las ideas de toda una generación sobre el «cómo» del cambio social. Una larga ola de movimientos guerrilleros fue el resultado directo de la Revolución Cubana.
La Revolución Cubana también tuvo un gran impacto en sus opositores. Como toda revolución, condujo a una revolución de la contrarevolución: la estrategia de contrainsurgencia, los programas de acción cívica, la Alianza para el Progreso proclamada por Kennedy, la promoción de movimientos sociales orientados a la reforma, todas estas medidas están estrechamente relacionadas con la Revolución Cubana.
El objetivo es presentar una versión de la Revolución Cubana lo más cercana posible a la realidad histórica.
Cuba, de colonia a semicolonia
Cuba, la mayor isla del Caribe, ocupaba una posición especial en el imperio colonial español. Por un lado, era una de las pocas zonas bajo el dominio de la corona española en la que la población indígena originaria había sido completamente víctima de la colonización. Así, a diferencia del resto de la América española, en Cuba se estableció una economía esclavista. A partir de finales del siglo XVIII se produjo una rápida expansión de la economía de plantación (azúcar, tabaco) cultivada con esclavos.
Cuba fue el último país del antiguo imperio colonial español en obtener la independencia. El miedo de la élite criolla a una revolución de esclavos como la de Haití (1804) sólo permitió que los esfuerzos independentistas salieran a la luz en las guerras de independencia de 1868 a 1876 y de 1895 a 1898. José Martí (1853-1895) estuvo al frente del movimiento independentista.


Al final de la Segunda Guerra de la Independencia, Estados Unidos intervino militarmente y sustituyó el dominio colonial español por la ocupación estadounidense. Con la Enmienda Platt de 1898, Estados Unidos tenía garantizado constitucionalmente el derecho a intervenir en Cuba. La independencia alcanzada formalmente en 1902 sólo puede calificarse de independencia dependiente. Los Estados Unidos intervinieron varias veces hasta la década de 1920, y los gobiernos de Cuba no tenían margen de maniobra soberano. El estatus político de semicolonia reflejaba el dominio de Estados Unidos en el cultivo y procesamiento del azúcar, así como en todos los demás sectores industriales y de transporte que se habían desarrollado a finales del siglo XIX. En este contexto, se desarrolló un elemento importante de la Revolución Cubana: el nacionalismo dirigido contra los Estados Unidos.
La deformación estructural de la economía cubana debido a su dependencia casi exclusiva de la producción de azúcar también tuvo consecuencias políticas. Cuando el precio del azúcar cayó en picado en el mercado mundial desde principios de los años veinte, la oligarquía gobernante sólo pudo hacer frente a la inestabilidad política estableciendo una dictadura. La dictadura del general Gerardo Machado (1925-1933) está directamente relacionada con intensos movimientos sociales en diversos sectores de la economía cubana.
¿Cueva de la miseria o prosperidad?
El estallido de la Revolución Cubana fue una gran sorpresa para muchos observadores de la época. Contrariamente a las afirmaciones propagandísticas posteriores a la toma del poder, Cuba en la época de la Revolución Cubana no presentaba la imagen de una sociedad subdesarrollada o empobrecida en términos económicos y socioestructurales. Por el contrario, Cuba era uno de los países más desarrollados de América Latina en 1959 (4º puesto en renta per cápita, tasa de alfabetización relativamente alta, 76%, urbanización superior al 50%).
Sin embargo, existía una distribución desigual de la renta y la propiedad y un desabastecimiento de infraestructuras de gran parte de la población, especialmente la rural.
Además, la deformación estructural pesaba mucho, sobre todo en tiempos de crisis. La economía cubana era monofloral: el predominio del azúcar provocaba una fuerte dependencia del mercado mundial (85% de los ingresos por exportación en los años 50). Además, el azúcar producía un desempleo cíclico que se repetía anualmente: los 600.000 trabajadores azucareros, en su mayoría sin tierra, que constituían un tercio de la mano de obra cubana, estaban desempleados durante ocho meses del año. Por lo tanto, Cuba contaba con una gran proporción de trabajadores agrícolas que desempeñaban un papel destacado en los movimientos sociales.
La deformación estructural también incluyó el dominio del capital estadounidense en la industria azucarera, el transporte, las telecomunicaciones y la minería. Mientras que la participación del capital estadounidense en la industria azucarera fue disminuyendo a partir de los años 50, llegó a alcanzar el 90% en los demás sectores mencionados en 1959. Según el Anuario Azucarero de Cuba 1958, a fines de la década de 1950 existían en Cuba 161 centrales azucareros, de los cuales 62 por ciento pertenecían a cubanos y el 37 por ciento a firmas norteamericanas.
Según datos de Juan Clark, académico cubano exiliado en Miami y autor del libro Mito y realidad, fallecido en 2013, para 1958 las inversiones norteamericanas ($861 millones) representaban menos del 14% de las inversiones de capital en la isla. Un cambio similar se observó en el vital sector de la banca: en 1939 los bancos cubanos tenían sólo el 23.3% de los depósitos privados, mientras que en 1958 estos ya alcanzaban el 61.1%, mostrando con ello una alta capitalización, esencial para el desarrollo económico. Ello no obstante, es cierto que el capital norteamericano se encontraba muy presente y diversificado en la isla, más que en cualquier otro país latinoamericano. Según un trabajo de Eric N. Baklanoff, “La participación de las inversiones directas estadounidenses en la estructura de la economía cubana en el año 1959 era considerable, como indican las siguientes cuotas aproximadas: energía eléctrica y servicio telefónico (90%), producción de azúcar en bruto (37%), banca comercial (30%), servicio público de ferrocarriles (50%), refinado de petróleo (66%), seguros (20%) y extracción de níquel (100%).”
Además, Cuba funcionaba como un paraíso vacacional para los estadounidenses, incluyendo una amplia industria del juego y del turismo sexual, que estaba dirigida principalmente por grandes empresas estadounidenses y cubanas no legales (mafia).





La crisis revolucionaria de 1933
Cuba, que dependía de la producción de azúcar, se enfrentó a la caída de los precios en el mercado mundial a partir de los años 20. La presión de los movimientos sociales y la inestabilidad política general condujeron al establecimiento de una sangrienta dictadura bajo el mando del general Gerardo Machado (1925-1933).
La crisis económica mundial iniciada en 1929 tuvo efectos devastadores en Cuba. En este contexto, los movimientos sociales volvieron a estallar. Varias oleadas de huelgas iniciadas a finales de los años 20 culminaron en la primavera de 1933: a las huelgas de la industria azucarera se sumaron movimientos huelguísticos en los sectores del transporte, el café y el tabaco. Los trabajadores del azúcar -un proletariado rural que constituía un tercio de la mano de obra cubana- comenzaron a ocupar los ingenios situados en el campo. En el proceso, también recurrieron a medidas de autoayuda y autogestión. Se formaron consejos; la ola de huelgas se convirtió en una situación revolucionaria.
Los sindicatos urbanos estaban bajo la hegemonía comunista en ese momento. El partido comunista había sido fundado en 1925, pero pronto se vio envuelto en la vorágine de la estalinización de la Internacional Comunista. Una de las consecuencias políticas de la estalinización fue la doctrina de la colaboración con la llamada burguesía nacional progresista. La revolución social ya no se consideraba un objetivo de acción inmediato. En consecuencia, los dirigentes comunistas del sindicato colaboraron con el dictador Machado e intentaron acabar con las huelgas.
Sin embargo, la dinámica del movimiento de 1933 apuntaba en otra dirección. Además de las huelgas, los estudiantes se movilizaron. Además, se produjo un motín en el ejército. Bajo esta presión, el dictador Machado tuvo que dimitir. Ramón Grau San Martín asumió la presidencia de la República de Cuba el 10 de septiembre de 1933. El gobierno de Grau suspendió la Constitución cubana de 1901 y con ella la Enmienda Platt, por lo que Estados Unidos se negó a reconocerla. Contra el nuevo gobierno de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, instalado por los Estados Unidos con el apoyo de tres destructores, se produjo una nueva sublevación, la de los sargentos, a la que se sumaron los soldados del campamento militar central «Columbia» bajo la dirección de sus suboficiales. Uno de los sargentos era Fulgencio Batista. Después de que los movimientos huelguísticos perdieran impulso, el oficial Fulgencio Batista (1901-1973) se abrió paso en el poder e hizo aplastar los restos de los movimientos sociales. La primera dictadura de Fulgencio Batista duró de 1933 a 1940.

Las consecuencias de la crisis revolucionaria de 1933
La crisis revolucionaria de 1933 había dejado profundas huellas. Muchos de estos trazos tenían paralelismos con los regímenes populistas de toda América Latina que también surgieron de las consecuencias de la crisis económica mundial. El nacionalismo antiimperialista formaba ahora parte del repertorio discursivo de todos los gobiernos de Cuba.
El partido comunista, que se había rebautizado como Partido Socialista Popular (=PSP), acentuó con nueva vehemencia su orientación hacia la llamada burguesía nacional progresista. Implementó una amplia cooperación con los gobernantes políticos (política de frente popular). A cambio, ganó legalidad y libertad organizativa. La estalinización de los comunistas, su cooperación reformista y orientada al poder con la burguesía y su rechazo a cualquier cambio revolucionario desacreditaron cada vez más a esta agrupación política. Por lo tanto, no desempeñó ningún papel en la propia Revolución Cubana.
Los gobiernos posteriores a 1933 -al igual que los regímenes populistas de toda América Latina- cedieron a la presión de los movimientos sociales. El proletariado urbano, en particular, recibió concesiones: Aumentos salariales, reducción de la jornada laboral, vacaciones, etc. Sin embargo, no se produjo una profunda reorientación de la economía hacia un modelo de orientación nacional, que se habría basado en la industrialización sustitutiva de las importaciones.
A finales de la década de 1930, Batista apoyó la creciente influencia de los comunistas como contrapeso al hasta entonces dominante Partido Revolucionario Cubano (PRC/Auténticos) de Ramón Grau y al radicalismo de los movimientos estudiantiles de la época, entre los que más tarde se encontraba Fidel Castro.
Batista fue elegido oficialmente presidente en 1940. Cuba estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética durante este periodo y se unió a la coalición antihitleriana. Había muchos ministros comunistas en su gobierno. En la Asamblea Constituyente convocada en noviembre de 1939, la alianza de los partidarios de Batista y los aliados comunistas, así como el PRC, constituyeron la mayoría y juntos adoptaron la constitución democrática de 1940, considerada la más progresista de América Latina en ese momento. Además de todas las libertades civiles, también introdujo una serie de seguridades sociales, como la jornada laboral de ocho horas.
Para las elecciones de 1944, en las que Batista ya no podía presentarse en persona, su primer ministro en funciones fue enviado a la carrera. Sin embargo, ganó el candidato burgués Grau. Batista se retiró de la política por el momento.
Las concesiones sociales y el cambio en el equilibrio de poder entre el capital y el trabajo condujeron a la disminución de la inversión durante las décadas de 1930 y 1940. Los inversores lamentaron el problema laboral que existía en Cuba desde 1933. Batista volvió a la política cubana en 1948. El segundo golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952 debe considerarse en este contexto. La segunda dictadura de Batista intentó eliminar los restos revolucionarios de 1933 y mejorar de nuevo las condiciones de inversión.
Cuando Batista llegó al poder en 1952, la retórica antiimperialista de todos los partidos ya se había demostrado vacía. La mayoría de los partidos han participado en gobiernos, pero ninguno ha estado a la altura de las esperanzas depositadas en ellos. El espectro político inherente al sistema se ha desacreditado. Por lo tanto, el fin de la dictadura de Batista a principios de 1959 no iba a ser protagonizado por ninguno de los actores políticos establecidos, sino por un actor político completamente nuevo: un ejército guerrillero dirigido por Fidel Castro Ruz (1926-2016). Fidel Castro era hijo ilegítimo del propietario de una plantación de caña de azúcar Ángel Castro Argiz y de su cocinera Lina Ruz González. Su padre era un inmigrante español del pueblo gallego de San Pedro de Láncara que llegó a Cuba como soldado del ejército colonial español. La madre de Castro era hija de un agricultor de la provincia cubana de Pinar del Río que fue empleado por el padre de Castro. Fue educado por su madre en el catolicismo y recibió su educación en colegios jesuitas de Santiago de Cuba y La Habana. En 1950, Fidel Castro se doctoró en derecho civil y se licenció en derecho diplomático.

La dictadura de Batista y el movimiento M-26-7 de Fidel Castro
La nueva dictadura militar de Fulgencio Batista que comenzó en 1952 se describe como una dictadura suave o débil. No pudo impedir los movimientos de huelga, como la huelga de una semana de duración de 500.000 trabajadores de la industria azucarera en 1955. Batista justificó su golpe con la lucha contra la corrupción. Se prohíben las manifestaciones y las huelgas, pero sigue habiendo una amplia libertad de prensa. El gobierno de Estados Unidos probablemente se sorprendió por este movimiento. Sin embargo, después de que Batista prometiera mantener a sus antiguos aliados -los comunistas- bajo un riguroso control, Estados Unidos también reconoció al nuevo gobierno de Cuba, siguiendo a muchos países latinoamericanos y europeos. Sin embargo, la constitución de 1940 fue suspendida a corto plazo y el Congreso recibió una licencia.
Al principio de la dictadura, la resistencia se limitaba a grupos de estudiantes y al entorno de los ortodoxos. Los ortodoxos, un grupo nacionalista-populista relativamente pequeño, encontraron su base principalmente entre los miembros de la clase media urbana. Se pasó sin problemas de partidos como los ortodoxos a una escena de bandas políticas de carácter estudiantil que existían desde los años 20: de apariencia verbalmente revolucionaria y de ideología confusa, muchas de ellas se perdieron en actividades delictivas. El propio Fidel Castro procedía del entorno de los ortodoxos. Sin embargo, al principio de la dictadura de Batista, formó su propio grupo, al que juró una acción individual espectacular.
El asalto al Cuartel Moncada
El cuartel Moncada de Santiago de Cuba, la segunda fortaleza militar del país, con una guarnición de 1000 hombres, iba a ser atacado. El concepto que hay detrás: Con un único acto maximalista y audaz (165 atacantes contra 1.000 soldados), se encendió la chispa de un levantamiento. Esto ya revela un elemento básico del carácter ideológico de Fidel Castro y de su idea de la forma de lucha política: para él, la revolución no es un proceso que deba iniciar el conjunto de la sociedad, sino un levantamiento conspirativo-elitista. El «pueblo» es la cantidad mágica desconocida en este plan. Castro lo define con las categorías morales del populismo latinoamericano: el «pueblo» es el trabajador, el honrado, el pobre, el pueblo es valiente y justo. Hay que dejar clara la voluntad del pueblo con una acción ejemplar; no pueden hacerlo por sí solos. La autoproclamada élite, sus «mejores hijos», deben despertarla.
El 26 de julio de 1953, el grupo de Fidel Castro llevó a cabo el ataque al cuartel Moncada. La acción fracasó de forma amateur, sólo unos pocos combatientes sobrevivieron, entre ellos Fidel Castro. Castro consiguió convertir el consiguiente proceso judicial en uno de los legendarios juicios políticos del siglo XX. «La historia me absolverá», fue la tan citada frase final de su propio discurso de defensa (abogado de profesión). Tras la amnistía concedida a Castro en 1955, se exilió en México.

Cuartel Moncada
El movimiento M-26-7
El Movimiento 26 de Julio [=M-26-7], cofundado por Fidel Castro y bautizado con el nombre del día del asalto al cuartel Moncada, era una agrupación muy heterogénea. Estaba dominado por estudiantes, autónomos y miembros de las clases medias urbanas. También incluía a parte de la oposición burguesa a Batista. Esta oposición burguesa se reunió en el Directorio Revolucionario (=DR). En el transcurso de 1957 y 1958, la RD y la guerrilla del M-26-7 se distanciaron cada vez más.
Al contrario de lo que afirmaba la propaganda tras la toma del poder, apenas había campesinos u obreros en el M-26-7. El M-26-7 se caracterizaba -como toda guerrilla- por una fuerte concentración de dirigentes y la ausencia de una democracia interna regulada. El M-26-7 como organización conspirativa de resistencia armada y las organizaciones de masas del proletariado rural y urbano (sindicatos, cooperativas, partidos) permanecieron en gran medida desconectadas. La orientación del M-26-7 hacia el «pueblo» tenía los rasgos de un llamamiento procedente del exterior: los guerrilleros aparecían aquí como actores actuantes, el pueblo a liberar, en cambio, como meros destinatarios. No hubo una organización y movilización sistemática de los estratos más amplios.
Desde el punto de vista programático, el M-26-7 exigía la independencia nacional, reformas económicas y sociales, así como la reforma agraria. La superación del sistema o una revolución socialista estaba decididamente descartada en ese momento. Por tanto, estaba muy en línea con las ideas de la Comisión Económica para América Latina (=CEPAL).
Desde el punto de vista programático-ideológico, el M-26-7 era un movimiento nacionalista que argumentaba en términos morales y se comprometía con el objetivo de la modernización económica dentro del capitalismo. No hay categorías marxistas y teóricas de clase en las declaraciones y pronunciamientos. Los conceptos centrales del movimiento, por otra parte, son: La patria, el amor, la virtud, la honorabilidad, la dignidad y los «humillados e insultados».



Encuentro con Ernesto «Che» Guevara
En México, el argentino Ernesto «Che» Guevara de la Serna (1928-1967), médico de profesión, conoció al grupo en torno a Fidel Castro. Los antepasados del Che Guevara eran burgueses argentinos. Ya durante sus estudios de medicina, Guevara emprendió numerosos viajes, que comentó y documentó ampliamente. Estaba indignado por la desigualdad económica y la injusticia social que a menudo se encuentran en América Latina y Central. En México, conoció a Fidel Castro en 1955 y se unió a su Movimiento 26 de Julio. Junto a él, Raúl Castro -hermano de Fidel- y Camilo Cienfuegos también se encontraban entre los principales revolucionarios.



Recibieron entrenamiento militar y se prepararon para un nuevo atentado contra la dictadura de Batista.
Los 82 militantes intentaron entrar en Cuba en el yate Granma en diciembre de 1956. El levantamiento (conspiradoramente) planeado y la huelga general (montada desde fuera) fracasaron, al igual que la travesía del yate. De los 82 hombres, sólo doce quedaron vivos. El resultado fue una retirada a las montañas del este de Cuba (Sierra Maestra). La guerrilla surgió, pues, como una estrategia de desconcierto a partir de las circunstancias de un intento fallido de insurrección.


El año 1958
El Movimiento 26 de Julio, liderado por Fidel Castro, tuvo dos focos principales: por un lado, la lucha guerrillera en la remota Sierra Maestra, y por otro, la lucha urbana. Las células urbanas del M-26-7 llevaron a cabo campañas de propaganda y asesinatos, cometieron actos de sabotaje y colocaron bombas. Esta lucha urbana fue, en general, mucho más sangrienta y sacrificada que la lucha guerrillera de Fidel Castro en la Sierra Maestra. Gran parte de la creciente represión del régimen de Batista se dirigió contra estos activistas urbanos.
Hasta mediados de 1958, la guerrilla en las montañas sólo contaba con unos pocos combatientes, entre 200 y 300 hombres. El hecho de que este guerrillero haya sido supuestamente un guerrillero campesino puede ser valorado como un mito. Las diferentes estimaciones en la literatura muestran lo difícil que es obtener una imagen precisa de la proporción de campesinos en la guerrilla. Las cifras varían entre el 10% y el 70%. Las cifras más altas se basan en las autorrepresentaciones de la revolución y se concentran en la fase final de la lucha, cuando el número de combatientes se disparó. Sin embargo, la proporción de combatientes campesinos no debe confundirse con el apoyo de los campesinos que viven en las zonas de acción de la guerrilla. Este apoyo era ciertamente alto, sobre todo porque había una tradición de bandolerismo social contra los grandes terratenientes en la Sierra Maestra con sus campesinos dispersos.
Fidel Castro y sus guerrilleros apenas fueron molestados por el ejército cubano hasta principios de 1958. Al principio, el régimen no se tomó en serio la amenaza; los enfrentamientos militares rara vez iban más allá de las escaramuzas. Esto dio a la guerrilla tiempo para reorganizarse tras los precarios comienzos de 1957.
En abril de 1958, el M-26-7 intentó convocar una huelga general. Este intento de huelga general fue una viva expresión del carácter dirigista del M-26-7. La huelga general fue organizada de forma conspirativa y ordenada a los trabajadores desde el exterior. El miserable fracaso de este intento de huelga general puso de manifiesto la escasa relación del M-26-7 con los movimientos sociales organizados, especialmente con el proletariado. El fracaso reforzó a Fidel Castro y a la facción de guerrilleros del M-26-7 conocida como sierras, pues el fracaso de la huelga parecía dar crédito a la idea de que una lucha urbana basada en la acción de masas era una vía inviable frente a la acción armada en las montañas. En las disputas (a veces acaloradas) en el seno del M-26-7, Fidel Castro subrayó cada vez más la primacía de la lucha guerrillera sobre las formas de acción de los sectores urbanos del movimiento.
Debido a los excesos represivos y a una ofensiva fallida contra la guerrilla a principios de 1958, Batista perdió el apoyo de casi toda la población. Estados Unidos también retiró su apoyo y suspendió todas las entregas de armas a partir de marzo de 1958. El ejército mostraba cada vez más signos de decadencia.
A pesar de la escasa conexión con gran parte de la población – simbólica y propagandísticamente, Fidel Castro consiguió situarse a sí mismo y a su movimiento en la vanguardia de la resistencia contra Batista en el transcurso de 1958. La clara reivindicación del liderazgo de la guerrilla, la postura intransigente contra Batista y los éxitos militares contra su ejército proporcionaron a los barbudos de las montañas un gran apoyo y prestigio.
A partir del verano de 1958, algunas unidades guerrilleras abandonaron las montañas del este de Cuba y avanzaron hacia el centro del país bajo la dirección de Ernesto «Che» Guevara y Camilo Cienfuegos.




La caída de Batista y la victoria de la revolución
En el transcurso de 1958, el régimen de Batista mostró cada vez más signos de decadencia: derrotas militares contra la guerrilla, excesos represivos, pérdida de apoyo de todos los grupos de la población (incluida la burguesía cubana), así como de los Estados Unidos. Los guerrilleros en torno a Fidel Castro lograron situarse a la cabeza de la resistencia, a pesar de no tener apenas conexión organizativa con la masa de la población. Las victorias militares, la ruptura con todos los grupos de oposición políticamente establecidos (y desacreditados) que estaban dispuestos a transigir y la dimensión épica de la lucha guerrillera contribuyeron a esta posición hegemónica.
Poco antes de la Navidad de 1958, la guerrilla lanzó una ofensiva. Los combates más intensos de la revolución tuvieron lugar en torno a la ciudad de Santa Clara. Tras la toma de la ciudad, los acontecimientos se precipitaron: El 1 de enero de 1959, el dictador Fulgencio Batista se dio a la fuga. El ejército se derrumba. El 8 de enero de 1959, Fidel Castro entra triunfalmente en La Habana.
Sin embargo, lo decisivo para el derrumbe final de la dictadura de Batista y la victoria de la revolución fue una huelga general espontánea de una semana de duración, entre el 1 y el 8 de enero. La fuerza total de la guerrilla no superó los 3.000 combatientes en la fase final. Cómo pudo Castro derrotar a la dictadura con una fuerza tan pequeña lo resumió el periodista francés Claude Julien así: «Castro no destruyó al enemigo. El enemigo, podrido hasta el tuétano, se había derrumbado».
En enero de 1959, se formó un gobierno de coalición de todas las fuerzas de la oposición. Fidel Castro proclamó una «revolución humanista», que al principio también fue vista con buenos ojos en Estados Unidos. En el transcurso de sólo dos años, la alianza de las fuerzas de la oposición se había roto y la posición de confrontación con Estados Unidos era evidente. Además, se había producido una transformación social que rompía con el capitalismo como sistema social por primera vez en la historia de América Latina.
La guerrilla se convirtió en el mito fundacional de la nueva Cuba. Los trajes de guerrilla, las barbas y las botas avanzaron hasta la vestimenta oficial. El tópico de la lucha y el sacrificio por la nueva Cuba, la unión contra el enemigo exterior y la concentración en figuras de líderes carismáticos (Fidel Castro, Che Guevara) se convirtieron en bases identitarias de la cultura política cubana.
Sin embargo, la autorepresentación y la percepción de los héroes barbudos como únicos liberadores y conquistadores de la dictadura fue extremadamente selectiva. Permitió que la importancia de otras formas de acción política pasara a un segundo plano. Esto se aplicó tanto a las actividades urbanas del Movimiento 26 de Julio (=M-26-7) (manifestaciones, sabotajes, asesinatos) como al papel de la huelga general a principios de 1959. La principal zona de operaciones estaba en el este (Sierra Maestra); una segunda zona de operaciones mucho más pequeña se desarrolló en el centro de Cuba (Escambray).





Fuente del resumen histórico: Estudios Latinoamericanos, Viena, Austria
Cómo la «Revolución» implementó el modelo socialista-comunista en Cuba puede leerse aquí.
Otras fuentes: Frank Niess, Günther Machke, Matías F. Travieso-Díaz, Boris Goldenberg, Thomas C. Wright, Fraucke Gewecke